Amsterdam Bike
Como ya es sabido, Amsterdam es "la ciudad de las bicicletas"; es el transporte primordial de la ciudad. Hay senderos y semáforos específicos para ciclistas y los respetan cual si fuesen autos en cualquier otro lugar. Al segundo día de nuestra estadía allí y luego de estar viajando por toda Europa por mas de 2 meses, tanto Diego como yo, teníamos una fisura de querer andar en bici que hasta se nos olvidó por unos días la ausencia del dulce de leche. Decidimos entonces alquilar una bici para ir a recorrer un barrio llamado Borneo donde se hizo una importante intervención a nivel urbano y arquitectónico. Este barrio quedaba a unas 20 cuadras del camping en donde parábamos, por lo que nos pareció una buena oportunidad para ir pedaleando. En los días anteriores habíamos observado que todas las bicis llevan parrilla atrás y los holandeses van muy cómodamente sentados de costado mientras el otro maneja,; decidimos entonces imitarlos y así nos ahorrábamos el alquiler de una. Todo listo para la partida. Salí sorteada para ir atrás mientras Diego conducía. Me siento de costado... "Lista?", me dice; "Sí, pronta", le digo. Diego arranca y no llega a hacer dos maniobras que perdimos el equilibrio y al suelo. Al caer de espaldas, mi cabeza dio de lleno contra el hormigón frío. "Uhhh... pará...pará...pará.....me partí la cabeza", me lamento tocándome la nuca para enterarme de la gravedad del golpe. “Estás bien?”, me pregunta, y con los nervios de la situación, prosigue con tono exaltado: “es que te sentaste mal y me hiciste perder el equilibrio”. Dadas las circunstancias, para no comenzar a echarnos culpas el uno al otro y así arruinar el paseo planeado, me esmeré por minimizar el hecho: " Estoy bien... ya pasó... no fué nada", y volví a subirme en la parrilla como si nada hubiese pasado, pero ésta vez tomando más precaciones con respecto a la estabilidad, nada de copiar a los holandeses: a partir de ahora, una pierna para cada lado. Pero sabido es, que todo lo que no se exterioriza en el momento, algún camino encuentra para salir. Y así fue. Al rato de estar paseando en el ansiado Barrio Borneo, los nervios experimentados hicieron efecto y los cólicos se apoderaron de mi estómago; "Me muero, me muero...necesito un baño ya"; supongo que mi gesto bastó y esas palabras fueron lo suficientemente contundentes para que Diego tome conciencia de que realmente era cierto: me hacía. Con desesperación miró hacia todos lados para poder pedir ayuda y visualizó enfrente un taller mecánico; para ese entonces el color había desaparecido de mi cara y los “chuchos de frío” hacían estragos en mi. Diego corrió hacia la entrada del taller y con su inglés criollo, gritó: "Toilet!!?...Toilet!!?... Is a Emergens!!"; los mecánicos holandeses sin entender mucho el estado de alarma en que nos encontrábamos respondieron sin titubear: "Yes, yes... for here". Con mucha vergüenza y doblada del dolor de panza entré al baño prestado, pero con la tranquilidad de que iba a ser la primera y única vez en mi vida que iba a ver a esos tipos. Descargué mis nervios sin compasión y el color volvió a mi rostro. Los cólicos cesaron permitiendo que volvamos al camping justo a tiempo para devolver la bici antes de que nos cobren un día entero. Al reflexionar sobre lo sucedido llegué a la misma conclusión que tantas veces hemos llegado los uruguayos por querer economizar hasta en el más mínimo detalle: "Lo barato sale caro".
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