martes, 29 de septiembre de 2009
Primeras sensaciones
Al llegar a Italia uno se siente como en casa. Sobre todo la similitud en el idioma y la forma de expresarse hace que llegues a entender, por lo menos, un 80 % de la conversación. Te vienen a la mente las típicas reuniones de amigos en donde nunca faltan las pizzas o los clásicos domingos de ravioles en familia; es que los italianos son más como nosotros, o mas bien nosotros somos como ellos, en el buen y en el mal sentido. Es que no se si será que me pesan aquellos rumores que escuchaba en mi adolescencia del tráfico de mujeres a Italia, del patito Aguilera y la mar en coche, pero a la mayoría les veo cara de tránfuga; camino al sur paramos en Padova para ir a un Mc Donald´s a chequear mails; había tantas caras feas por todos lados que nos fuimos en seguida, ni recorrimos. Para tener internet gratis en los Mc Donald´s se tiene que tener un SIM de celular italiano; Ronald me tenía mal acostumbrada con sus "donaciones de wifi". Igualmente los tanos me caen bien; debe influir el hecho de que Italia dio a luz a mis bisabuelos paternos y uno se va encariñando con eso de ser italiana por el mundo, mas allá de que solo lo diga un pasaporte. Pero el solo hecho de que cada vez que tenes que llenar el formulario de inmigración y en el renglón de "Nationality", tengas que tachar el "uruguayan" que te sale instantáneamente y poner "Italian", hace que después del tercer o cuarto vuelo ya te sientas un poco italiana; por eso, más allá de que algunas experiencias en estos 5 días que llevamos en Italia no hayan sido del todo felices (aunque igualmente venimos zafando de los robos), por ser mi "segunda patria", si se quiere, le voy a dar otra oportunidad... valdrá la pena?... Pero si estoy en tierra de Leonardo, Miguel Ángel y tantos otros gigantes!!!... Claro que lo vale!!
lunes, 21 de septiembre de 2009
Viena, una ciudad de grandes maestros
Aprendizaje en Viena, ciudad de grandes maestros
Cuando vivís algo que en el momento parece malo, después de procesar el hecho y más aun si termina bien, se va transformando en enseñanza y hasta pasa a ser motivo de diversión al recordarlo. En Viena nos pasó algo de este estilo. Estábamos mirando obras de Loos (uno de los máximos exponentes de arquitectura vienesa) en las afueras de Viena con Marisa y Alvarito; cuando llegamos a la estación Urbión a Diego y a mi se nos dio por pelear. En el medio de todo el barullo ellos nos preguntan: "Nosotros seguimos... ustedes que hacen?", a lo que, metidos en nuestros asuntos, contestamos: "Sigan". Cuando se está inmerso en esos momentos uno se nubla y deja de pensar. Luego te sentís un idiota por no haberlo hecho. Cuando caímos en la realidad del asunto, nos dimos cuenta de que no sabíamos como llegar solos a ningun lado y nuestro amigos se habían ido. Nos miramos y sin decir nada bajamos la escalera del metro a toda velocidad; la imagen no fue esperanzadora: dos metros patían, para un lado y para el otro; no teníamos como saber para que lado ir; nos quedamos por unos segundo mirando cada ventanilla que pasaba a ver si por esas casualidades de la vida, los veíamos... pero nada. "Qué hacemos?", pregunto ya con tono conciliador. "Y...habrá que preguntar", contesta Diego. Para ese entonces la pelea que, dicho sea de paso, fue por una tontería, había quedado en segundo plano. Ahora lo importante era como seguir con el itinerario y luego como volver al camping que quedaba en un pueblo bastante lejos del centro de Viena. "Speak spanish?", le pregunta a una chica; Recibimos un "Nou" por respuesta. "For Here?", vuelve a insistir Diego mostrandole un punto en el mapa al que queríamos ir. La chica en afán de ayudarnos comenzó a hacer varios gestos y ademanes pero nos costaba mucho entenderle. La situación me sobrepasó y rompí a llorar como una niña. Al verme la muchacha nos tomó de la mano y se acercó hacia un tranvía; le preguntó algo al conductor con el mapa en la mano y volvió a tomarnos de las manos, esta vez para llevarnos nuevamente al metro escaleras abajo. Nos señaló uno de los metros que estaban parados y nos muestró en un cartel la parada en donde bajarnos, esforzándose en exagerar la dicción para que entendiéramos. Entre besos y abrazos la despedimos como si la conociéramos hace años y corrimos hacia el metro que ya cerraba sus puertas para irse. Al entrar nos abrazamos y ya todo lo malo había quedado atrás. De ahí en mas una serie de hechos fueron haciendo que tomáramos conciencia de lo lindo que es todo esto y de la innecesaria y estúpida costumbre que tiene el ser humano de querer echarlo a perder. Gente con mucha amabilidad nos ayudó a que ese día pudiéramos seguir conociendo Viena e hizo que lleguemos, en última instancia, al centro de la ciudad. Luego de recorrer algo del centro histórico nos sentamos frente a la "Catedral de San Esteban", la principal y mas grande de todo Viena. Ya totalmente abiertos para seguir disfrutando quisimos tomar la precaución, ante de que caiga la noche, de averiguar cómo volver al camping del cual solo sabíamos el nombre. Sin perder la calma empezamos a estudiar nuevamente el mapa; y una vez mas se cumplió una teoría; esa que dice que cuando necesitas algo, no hay ni que buscarlo, simplemente aparece. Así fue que, sin saber bien en que momento, como por arte de magia, Marisa y Alvarito aparecieron frente a nosotros; y como si nada hubiese pasado y nunca nos hubieramos separado, May dice: "Llegaron!... Bueno, por donde seguimos?"...
Cuando vivís algo que en el momento parece malo, después de procesar el hecho y más aun si termina bien, se va transformando en enseñanza y hasta pasa a ser motivo de diversión al recordarlo. En Viena nos pasó algo de este estilo. Estábamos mirando obras de Loos (uno de los máximos exponentes de arquitectura vienesa) en las afueras de Viena con Marisa y Alvarito; cuando llegamos a la estación Urbión a Diego y a mi se nos dio por pelear. En el medio de todo el barullo ellos nos preguntan: "Nosotros seguimos... ustedes que hacen?", a lo que, metidos en nuestros asuntos, contestamos: "Sigan". Cuando se está inmerso en esos momentos uno se nubla y deja de pensar. Luego te sentís un idiota por no haberlo hecho. Cuando caímos en la realidad del asunto, nos dimos cuenta de que no sabíamos como llegar solos a ningun lado y nuestro amigos se habían ido. Nos miramos y sin decir nada bajamos la escalera del metro a toda velocidad; la imagen no fue esperanzadora: dos metros patían, para un lado y para el otro; no teníamos como saber para que lado ir; nos quedamos por unos segundo mirando cada ventanilla que pasaba a ver si por esas casualidades de la vida, los veíamos... pero nada. "Qué hacemos?", pregunto ya con tono conciliador. "Y...habrá que preguntar", contesta Diego. Para ese entonces la pelea que, dicho sea de paso, fue por una tontería, había quedado en segundo plano. Ahora lo importante era como seguir con el itinerario y luego como volver al camping que quedaba en un pueblo bastante lejos del centro de Viena. "Speak spanish?", le pregunta a una chica; Recibimos un "Nou" por respuesta. "For Here?", vuelve a insistir Diego mostrandole un punto en el mapa al que queríamos ir. La chica en afán de ayudarnos comenzó a hacer varios gestos y ademanes pero nos costaba mucho entenderle. La situación me sobrepasó y rompí a llorar como una niña. Al verme la muchacha nos tomó de la mano y se acercó hacia un tranvía; le preguntó algo al conductor con el mapa en la mano y volvió a tomarnos de las manos, esta vez para llevarnos nuevamente al metro escaleras abajo. Nos señaló uno de los metros que estaban parados y nos muestró en un cartel la parada en donde bajarnos, esforzándose en exagerar la dicción para que entendiéramos. Entre besos y abrazos la despedimos como si la conociéramos hace años y corrimos hacia el metro que ya cerraba sus puertas para irse. Al entrar nos abrazamos y ya todo lo malo había quedado atrás. De ahí en mas una serie de hechos fueron haciendo que tomáramos conciencia de lo lindo que es todo esto y de la innecesaria y estúpida costumbre que tiene el ser humano de querer echarlo a perder. Gente con mucha amabilidad nos ayudó a que ese día pudiéramos seguir conociendo Viena e hizo que lleguemos, en última instancia, al centro de la ciudad. Luego de recorrer algo del centro histórico nos sentamos frente a la "Catedral de San Esteban", la principal y mas grande de todo Viena. Ya totalmente abiertos para seguir disfrutando quisimos tomar la precaución, ante de que caiga la noche, de averiguar cómo volver al camping del cual solo sabíamos el nombre. Sin perder la calma empezamos a estudiar nuevamente el mapa; y una vez mas se cumplió una teoría; esa que dice que cuando necesitas algo, no hay ni que buscarlo, simplemente aparece. Así fue que, sin saber bien en que momento, como por arte de magia, Marisa y Alvarito aparecieron frente a nosotros; y como si nada hubiese pasado y nunca nos hubieramos separado, May dice: "Llegaron!... Bueno, por donde seguimos?"...
miércoles, 2 de septiembre de 2009
El peso de la historia
El peso de la historia
Cuánto encierra a veces un simple nombre. Una ciudad bellísima de punta a punta, donde hasta las ruinas y el desorden tiene su encanto. Con una carga histórica inigualable. Hasta ahora, en ninguna otra ciudad sentí tanto el peso de la historia. Un lugar lleno de vivencias que conservan sus huellas intachables y donde hasta hoy, en cada rincón se respira guerra. Es un descubrimiento constante de hechos del pasado y lo mas admirable es como se han esforzado por mantenerlo; por donde vayas hay vestigios del muro que tanto daño hizo a la gente. Lo bueno y lo malo, lo nuevo y lo viejo, conjugado en un mismo espacio. Cuando era niña y escuchaba las noticias políticas en el informativo, "Ha caído el muro de Berlín",no llegaba a comprender la dimensión real de las cosas; hoy sin embargo, se muestra cual si fuese un trofeo; pero mas allá de todo el interés turístico que implica y de las connotaciones que conlleva, estar aquí, 20 años mas tarde es sumamente significativo y me hace reflexionar acerca de lo que vivió toda esta gente. Berlín es, una ciudad para aprender y reflexionar.
Cuánto encierra a veces un simple nombre. Una ciudad bellísima de punta a punta, donde hasta las ruinas y el desorden tiene su encanto. Con una carga histórica inigualable. Hasta ahora, en ninguna otra ciudad sentí tanto el peso de la historia. Un lugar lleno de vivencias que conservan sus huellas intachables y donde hasta hoy, en cada rincón se respira guerra. Es un descubrimiento constante de hechos del pasado y lo mas admirable es como se han esforzado por mantenerlo; por donde vayas hay vestigios del muro que tanto daño hizo a la gente. Lo bueno y lo malo, lo nuevo y lo viejo, conjugado en un mismo espacio. Cuando era niña y escuchaba las noticias políticas en el informativo, "Ha caído el muro de Berlín",no llegaba a comprender la dimensión real de las cosas; hoy sin embargo, se muestra cual si fuese un trofeo; pero mas allá de todo el interés turístico que implica y de las connotaciones que conlleva, estar aquí, 20 años mas tarde es sumamente significativo y me hace reflexionar acerca de lo que vivió toda esta gente. Berlín es, una ciudad para aprender y reflexionar.
Bienvenida a la alemana
Bienvenida a la alemana
En ruta, saliendo de Varsovia hacia Berlín se hizo la noche; ibamos todos durmiendo a excepción de Andrea, que en este momento era la conductora. "Creo que cruzamos la frontera de Polonia con Alemania", nos dijo, "Tendremos que parar?"; una sucesión de bostezos y desperezos prosiguió. "Acá no se ve a nadie", contestó Ariel, "Vos seguí... ya nos daremos cuenta". Seguimos viaje y de a poco nos fuimos despertando uno por uno, volviendo a este mundo real y dejando atrás el de los sueños. Sin saber cómo y en que momento, un patrullero apareció delante nuestro como por arte de magia. No faltaron las bromas sobre el caso: "Mirá si nos llevan en cana", "No será para nosotros", ja...ja...ja... El patrullero enciende un cartel digital que llevaba en la parte del maletero que decía: "Bitte folgen"; esto desató mas bromas aun: "Mirá si dice Están detenidos", ja...ja...ja...; Entre risas y carcajadas nos encontrábamos cuando una tercer señal llegó: la patrulla delante nuestro encendió la sirena con sus luces intermitentes. El silencio reinó la camioneta. No había dudas: la señal era para nosotros. A partir de ese momento seguimos a la policía con atención sin omitir sonido alguno, hasta que vimos que doblaba en una de las entradas que hay en la carretera y paramos delante de ellos. Estábamos todos expectantes; ya las sonrisas de nuestros rostros habían desaparecido. Observamos por el espejo retrovisor que un policía alemán rubio, de muy buen porte, bajó de la patrulla y se dirigía hacia nosotros. "Pafffff!!!!!", un golpe seco y fuerte se escuchó en una de nuestras ventanillas; Ariel bajó el vidrio con temor y el oficial gritó: "keftergenkrujftenrjgengerten.... etc, etc,etc..." con la característica pronunciación alemana de resaltar la letra “ge”; nosotros no entendíamos nada, pero una cosa era clara: estaba muy enojado. Los segundos siguientes fueron ocupados por una sucesión de miradas entre nosotros sin poder omitir palabra, hasta que Alvarito, destacado en el grupo por su tranquilidad y buena disposición para todo, se dirigió al oficial muy suavemente y con tono amigable: "I don´t speak germany". El oficial volvió a enojarse hablando en alemán y haciendo señas que todos comprendimos: Teníamos que seguirlos. Volvió al patrullero y se dirigió por un camino al costado de la ruta. Nosotros los seguimos con atención. La oscuridad era rotunda. Nos hicieron parar en un lugar en donde había otro patrullero con mas oficiales: "Pasports?", nos pide otro policía con tono mas conciliador. Todos procedimos a revolver inmediatamente nuestros bolsos para entregar los pasaportes. Uno por uno fuimos observados con una linterna en la cara y confirmados con nuestras respectivas fotos en los documentos. Por suerte nada les pareció anormal y nos dejaron continuar viaje. Luego de pasado el estado de shock pudimos volver a bromear sobre el tema y retomamos la carretera rumbo a Berlín. Eso sí, de una cosa ya no quedaban dudas: "Habíamos entrado en tierra de Hitler".
En ruta, saliendo de Varsovia hacia Berlín se hizo la noche; ibamos todos durmiendo a excepción de Andrea, que en este momento era la conductora. "Creo que cruzamos la frontera de Polonia con Alemania", nos dijo, "Tendremos que parar?"; una sucesión de bostezos y desperezos prosiguió. "Acá no se ve a nadie", contestó Ariel, "Vos seguí... ya nos daremos cuenta". Seguimos viaje y de a poco nos fuimos despertando uno por uno, volviendo a este mundo real y dejando atrás el de los sueños. Sin saber cómo y en que momento, un patrullero apareció delante nuestro como por arte de magia. No faltaron las bromas sobre el caso: "Mirá si nos llevan en cana", "No será para nosotros", ja...ja...ja... El patrullero enciende un cartel digital que llevaba en la parte del maletero que decía: "Bitte folgen"; esto desató mas bromas aun: "Mirá si dice Están detenidos", ja...ja...ja...; Entre risas y carcajadas nos encontrábamos cuando una tercer señal llegó: la patrulla delante nuestro encendió la sirena con sus luces intermitentes. El silencio reinó la camioneta. No había dudas: la señal era para nosotros. A partir de ese momento seguimos a la policía con atención sin omitir sonido alguno, hasta que vimos que doblaba en una de las entradas que hay en la carretera y paramos delante de ellos. Estábamos todos expectantes; ya las sonrisas de nuestros rostros habían desaparecido. Observamos por el espejo retrovisor que un policía alemán rubio, de muy buen porte, bajó de la patrulla y se dirigía hacia nosotros. "Pafffff!!!!!", un golpe seco y fuerte se escuchó en una de nuestras ventanillas; Ariel bajó el vidrio con temor y el oficial gritó: "keftergenkrujftenrjgengerten.... etc, etc,etc..." con la característica pronunciación alemana de resaltar la letra “ge”; nosotros no entendíamos nada, pero una cosa era clara: estaba muy enojado. Los segundos siguientes fueron ocupados por una sucesión de miradas entre nosotros sin poder omitir palabra, hasta que Alvarito, destacado en el grupo por su tranquilidad y buena disposición para todo, se dirigió al oficial muy suavemente y con tono amigable: "I don´t speak germany". El oficial volvió a enojarse hablando en alemán y haciendo señas que todos comprendimos: Teníamos que seguirlos. Volvió al patrullero y se dirigió por un camino al costado de la ruta. Nosotros los seguimos con atención. La oscuridad era rotunda. Nos hicieron parar en un lugar en donde había otro patrullero con mas oficiales: "Pasports?", nos pide otro policía con tono mas conciliador. Todos procedimos a revolver inmediatamente nuestros bolsos para entregar los pasaportes. Uno por uno fuimos observados con una linterna en la cara y confirmados con nuestras respectivas fotos en los documentos. Por suerte nada les pareció anormal y nos dejaron continuar viaje. Luego de pasado el estado de shock pudimos volver a bromear sobre el tema y retomamos la carretera rumbo a Berlín. Eso sí, de una cosa ya no quedaban dudas: "Habíamos entrado en tierra de Hitler".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)